“También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró”.

Mateo 13:45-46

 

Como seres humanos buscamos tener una vida cómoda y próspera y nos esforzamos para tener las mejores cosas y no pasar escasez. Como mujeres, una casa es quizá un anhelo en común. Un carro hace nuestra vida más fácil. Hacemos sacrificios tanto en tiempo como monetario para darle a nuestros hijos una vida mejor, para darles la oportunidad de seguir estudiando, les damos muchas oportunidades de superación que quizá nosotras no tuvimos.

 

Disfrutar de los frutos de nuestro trabajo es bueno, muy bueno y no hay nada de malo en eso. Dios mismo se complace en darnos buenas dádivas; El mismo abre las ventanas de los cielos para bendecirnos, pero a pesar de todas las buenas cosas materiales que podamos poseer, del buen trabajo, de todas las bendiciones que Dios nos provee en esta tierra, hay algo que no se compara en precio y valor a nuestra salvación.

 

No son las cosas materiales lo mejor que podemos heredarle a nuestros hijos, es Dios. Nuestro mejor esfuerzo no es el que hacemos para darles estudio, es el esfuerzo que hacemos para enseñarles quien es Dios. El mejor sacrificio no es el tiempo que pasamos trabajando para proveerles de buenas cosas, es el tiempo que pasamos orando, ayunando y guerreando por sus almas.

 

Buscar buenas perlas es necesario y encontrarlas son bendiciones que Dios nos permite disfrutar en este mundo, pero el valor de la perla preciosa es incomparable porque es eterna. Así que hermana, no les des a tus hijos solo buenas perlas, ayúdalos a encontrar la PERLA DE GRAN PRECIO.